Posted by : Vaig a Peu miércoles, 6 de noviembre de 2013

Puebla de Lillo ocupa un lugar geográfico estratégico en el paso natural de la Meseta hacia el Cantábrico. Los puertos de San Isidro, Las Señales y Tarna fueron caminos obligados para personas y mercancías entre la Meseta y el mar. El propio emperador Augusto, recién apaciguado el Mediterráneo oriental tras la batalla de Actium en el siglo I (a.c), volvió sus ojos hacia el noroeste de Hispania con el fin de conquistar unas tierras que se resistían aún al Imperio Romano. El objetivo era controlar las rutas del oro, del estaño, del plomo y del mercurio que tanto abundaban en las montañas de lo que siglos más tarde sería la provincia leonesa. Las legiones romanas subieron por el valle del Esla y al llegar a los pies de los Picos de Europa se subdividieron en busca y captura de los indomables cántabros. En el siglo X comienza a aparecer Puebla de Lillo en los escritos y actas de los monasterios, lo que quiere decir que regresa a la Historia conocida. Debido a la abundancia de pastos y bosques, los poderosos monjes del monasterio de Sahagún, en la cuenca del Cea, en el sur de la provincia leonesa, fijan sus ojos en estos valles y consiguen de los reyes leoneses, primero, y luego castellanos, concesiones para pastar sus rebaños de ovejas y vacas. Otros monasterios como los de Eslonza o Pardomino tratan de disputar al de Sahagún el dominio y explotación de los pastos y de los ricos cotos de pesca y caza. En 1212 ya existe Puebla de Lillo con carta de naturaleza como población vinculada al rey Alfonso IX, aunque hay constancia histórica de que un siglo antes los habitantes de estos valles pleitearon ante el rey Fernando II por la defensa de sus fueros frente a los merinos de la Corona. Por estas tierras señorearon, primero, los Vigil, luego Alfonso Enríquez, hijo de Enrique II y, por último llegaron para quedarse los poderosos Condes de Luna, quienes izaron sus pendones en lo más alto del torreón circular, que aún se conserva en el centro de Puebla de Lillo. El torreón era un baluarte defensivo del camino que unía las tierras leonesas con las asturianas. La Mesta dio vida a la zona de Puebla de Lillo. La institución que protegía la trashumancia velaba por sus intereses en esta zona montañosa, donde en los meses de verano pastaba el ganado que llegaba de Extremadura, Andalucía o la baja Castilla. San Isidro y Puebla de Lillo contaron con hospitales para los peregrinos que acudían a Santiago de Compostela por la ruta norte, es decir la que unía Oviedo con León, lo que refuerza la posición estratégica que siempre ha tenido Puebla de Lillo a lo largo de la historia. Hoy esos hospitales son sólo recuerdos y ruinas. Durante siglos, la ganadería, la agricultura, la explotación del bosque, la caza y la pesca fueron el sostén de la supervivencia de sus escasos habitantes agrupados en los pueblos que hoy conocemos. Sólo a finales del siglo XIX y a comienzos del XX, con la apertura de nuevos caminos y carreteras, lo que facilitó el intercambio de mercancías y el acceso a nuevos mercados, logró despertar de su atonía toda la comarca.
CÓMO LLEGAR: Desde Vegacervera por la LE-311, atravesar Robles de la Valcueva, en rotonda tomar salida 3, por la CL-626, atravesar La Vecilla y la Mata de la Riba. Tomar la LE-331 hasta llegar a  Puebla de Lillo. En la plaza girar a la izquierda hasta la Casa del Parque. Aparcar en sus inmediaciones.
ITINERARIO: LAS COLLADILLAS / ÁREA RECREATIVA PEGARÚAS / COLLADO DE LAS POSADAS / FUENTE DEL OBISPO / PUEBLA DE LILLO / LAS COLLADILLAS.
COMPONENTES: VICENTE Y SUSI.

LA RUTA: Esta es la ruta más lejana en distancia que hemos realizado desde Vegacervera. Estamos dentro de los límites del Parque Regional Picos de Europa en Castilla León, en Puebla de Lillo. La Casa del Parque está cerrada y no abren hasta las once. Preguntamos a unos trabajadores que están junto a un panel. Parece que hemos tenido suerte. Están dedicados al mantenimiento de sendas y caminos. Tienen un folleto de la ruta pero no nos lo pueden dar, y nos dicen que el mejor inicio es desde las cercanías de la Ermita de Peragúas.

Nos indican a la perfección como llegar con el coche, pero una vez en el lugar no entendemos por qué iniciar en medio de la nada. Pensamos que al ser circular da lo mismo empezar en cualquier punto. Aparcamos en un recodo y nos calzamos botas y mochilas.

La información de esta ruta la conseguí de un artículo de la revista Desnivel, pero no había mapa y solo unos datos; pero me gustó porque hablaba del hayedo y de un pequeño bosque de tejos con algunos ejemplares centenarios. Andamos por un camino de herradura entre el Monte la Silva y El Corón. Las marcas son visibles y nos acompaña un arroyo encajonado.

El día está brumoso pero parece que está despejando. A ambos lados del camino hay rudimentarias vallas que separan fincas y pastos, el entorno es totalmente rural. A la derecha vemos una edificación cuyo frontal mira a la ladera de la sierra. Luego supimos que es la Ermita de Pegarúas, en la que han dejado de hacer la romería anual.

Enseguida por la izquierda vienen las barandas de madera que delimitan el Área Recreativa de Pegarúas, con mesas y bancos esparcidos entre algunos chopos y abedules cercanos a la unión de los dos arroyos, el de Rebueno y el de Ruidosos.

Al entrar dentro del Área Recreativa seguimos marcas y cruzamos el arroyo por un puente de madera. Ese fue nuestro error, por desconocimiento y falta de referencias, que nos llevó a seguir el recorrido corto. Para hace el recorrido largo y por lo tanto el bosque de tejos, teníamos que haber proseguido por el camino, sin entrar al Área o dejándola a la izquierda.

Bien, sigue siendo una buena ruta. Pasamos una portilla abierta y continuamos el nuevo camino pegados a las laderas del Monte Celorno. Entramos en una zona de vegetación otoñal con laderas totalmente pobladas donde se distinguen numerosos arbustos de frutos rojos.


El camino se va inclinando poco a poco y está flanqueado por un bosquete de ribera al principio, separándonos del arroyo de Rebueno para adentrarnos gradualmente en el bosque de hayas. Vemos dos ejemplares de setas Amanita Muscaria.


La pista serpentea entre las hayas y el desnivel se acentúa. Estamos inmersos en el colorido cromático del otoño. Primero son hayas jóvenes, delgadas y espigadas que buscan el cielo. El suelo es un espectacular manto de hojarasca marrón en la que viven múltiples especies de insectos y hongos.


La ubicación de casi todos los hayedos que hemos visitado tiene aproximadamente la misma orientación: laderas cara norte y umbrosas a más de mil metros de altitud, con un grado elevado de humedad. En éste a pesar de que no le acompaña ningún arroyo, solo alguna chorrera,  la humedad es constante.


La caída de la hoya está muy avanzada y su tonalidad es más oscura y marrón. Hay momentos que nuestra atención se centra por completo en los matices del tapizado de hojas del suelo y no en los árboles. También observamos mezclados con las hayas, algún ejemplar enorme de roble albar, que nos hablan de épocas en que el haya no era la especie dominante.


Más arriba, cerca del collado el tamaño de las hayas aumenta y aparecen varios ejemplares centenarios de albar que han logrado sobrevivir hasta nuestros días. Con la poca luz que penetra entre la bruma y las hojas, el colorido resurge con toda intensidad.


Y tras la oscuridad, llega la luz salimos a un claro en el bosque. Estamos en el Collado de las Posadas a unos 1.400 m. de altura. Poco a poco las hayas van raleando y son sustituidas por grandes masas de pinar.

Comenzamos a bajar por la vertiente opuesta a la que traíamos para enlazar con la pista que sube desde Puebla de Lillo. Quizás aquí cometimos nuestro segundo error al no tener mapa, y continuamos bajando hacia el pueblo. Lo ideal, ahora sentadito en casa lo estoy viendo en el mapa, hubiera sido torcer a la derecha y seguir las señales a la Cervatina, donde están los tejos centenarios y después seguir bajando hasta llegar al Área Recreativa de Pegarúas. La ruta se acorta mucho, pero ves lo más esencial de ella.

Continuamos bajando en dirección al pueblo y la pista va deshaciendo el desnivel que antes hemos tomado. Sin saber que no es posible, seguimos esperando un cartel que nos desvíe hacia el bosque de tejos y desechamos todas las demás opciones.

Seguimos rodeando las preciosas laderas del Monte Celorno y arriba en unos contrafuertes rocosos, vemos como pastorea en los límites del abismo un rebaño de cabras. La bruma no quiere irse y se engancha en los coloridos montes cercanos.


Paulatinamente el desnivel se va reposando y entre verdes praderías nos recibe el río del Celorno a la entrada de la población. Tenemos un hermoso panel descriptivo de la ruta de la Cervatina, no entiendo por qué no hemos empezado desde aquí.

Entramos a la Casa del Parque que ahora si está abierta, compramos los folletos de varias rutas y un mapa. Cruzamos el pueblo hasta el final donde también hay un panel de la ruta y empieza una ancha pista que nos llevará al Área Recreativa.

Arrancamos rodeando la tremenda mole rocosa del Monte la Silva, con su Pico del Águila (1.451 m.). Son cerca de 4 km. lo que nos quedan de agradable camino. Dejamos atrás la población entre prados con vacas sesteando. Al dar la vuelta, la montaña va cambiando y la colorida vegetación invade sus laderas dejando aislados sus riscos rocosos. Llegamos al coche.

Solo nos quitamos las botas. Ahora nos vamos al hayedo de Canseco, del que tampoco tenemos muchas referencias. Esperamos conseguir información en el pueblo. De camino hacemos una parada en el Embalse de Porma que comienza a recuperar su volumen de agua. La bruma sigue pegada en algunos montes.
RECORRIDO: CIRCULAR.
AGUA EN RUTA: SI. (En Puebla de Lillo y en el Área Recreativa de Pegarúas)
DISTANCIA: 12,6 KM.
TIEMPO: 03:55 HORAS.
ALTURA MÁXIMA: 1.387 M. (Collado de las Posadas)
ALTURA MÍNIMA: 1.141 M. (Puebla de Lillo)
DESNIVEL POSITIVO: 288 M.
DESNIVEL NEGATIVO: 294 M.
DIFICULTAD: BAJA.



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