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LAS NECRÓPOLIS DE SAQQARA Y GUIZA, BARRIO MEDIEVAL Y CENA EN LOS JARDINES AL – AZHAR PARK, EL CAIRO, EGIPTO.
La muerte era un elemento central en la antigua cultura egipcia. Al menos, hacia esa dirección señala la majestuosidad de los muchos elementos fúnebres conservados. Tumbas engalanadas que guardan el descanso de momias vendadas, inmóviles en su eternidad. De todas las civilizaciones extintas, la de las pirámides y los faraones es una de las que más interés despierta en nuestros días. Ríos de tinta se han derramado con el estudio concienzudo de una época pisada hace mucho por el avance del calendario. Como la investigación está en continuo diálogo consigo misma, tal es el carácter de las disciplinas científicas y de la evolución técnica, día a día parece arrojarse un poco más de luz sobre los tiempos pasados. No solo sobre las grandes gestas, las batallas y las figuras heroicas. También sobre lo pequeño y lo cotidiano. Sobre cómo vivía el inmenso gentío de individuos olvidados, de caras sin rostro. Los que araban los campos, pisaban las calles y luchaban las guerras. Este interés por desentrañar los misterios insignificantes que, una vez sumados, componen el más esclarecedor mosaico, abarca las tareas más inimaginables y creativas. Sorpresivo es, sin duda, el estudio exhaustivo de la madera de los sarcófagos. Lo que, a ojos inexpertos, no es más que un compendio ajado de astillas antiguas, ha resultado ser un portal a través del tiempo. Un testimonio elocuente del pasado. Así lo ha demostrado un grupo de investigadores de la Universidad de Ginebra. Los expertos se plantearon una pregunta tan aparentemente excéntrica como intrigante. ¿Se pueden determinar detalles concretos del clima mediterráneo de la antigüedad sometiendo a escrutinio los materiales de sus cajas funerarias? La respuesta, por descabellado que parezca, ha resultado ser afirmativa.
